PRENSA

"Cada vez lo vienen a ver chicos más chiquitos. Es asombroso con qué atención lo siguen. Si uno se pone a pensar, son unos cuantos objetos sobre una tabla de planchar, que funcionan como títeres de varilla, con la técnica de mesa. Las titiriteras sólo participan cuando sus caras quedan bajo la luz. Pero en realidad es un simple resorte de plástico que sobre esa tabla se transforma en un gusanito. Es algo mágico, logrado después de mucho trabajo, de muchos ensayos. A la gente le impacta todo: la sincronización, la estética, la manipulación cuidada y precisa. Es que de eso se trata -concluye- la magia sólo viene a posarse sobre el trabajo a conciencia. Y eso es lo bueno que veo en los nuevos aportes, porque una actitud reflexiva tiende a producir una maduración."
"Huevito de ida y vuelta" - de Silvina reinaudi - Titellaires: Sandra Antman i Mario Marino - És un conte infantil fresc i sencill, de manipulació exquisita i ple de sorpreses agradables, que gràcies a la sencillesa de la posada en i la gràcia i simpatía del seu protagonista, el Huevito, farà les delicies de tot el public. És l'espectacle idealpels més petits, de reconeguda qualitat internacional i amb l'aval de la direcció de la dramaturga argentina Silvina Reinaudi. Una joia pels més petits. En castellá.

Sala "La Puntual"  - Barcelona - 2007



UNA PEQUEÑA JOYITA PARA LOS MAS CHICOS


Entre los grandes shows y la casi inabarcable multiplicidad de espectáculos que se ofrecen a los chicos en vacaciones de invierno pueden pasar inadvertidas algunas obras que no ostentan el despliegue de grandes nombres ni una producción millonaria, pero que por su calidad artística merecen figurar en un lugar destacado en la preferencia de la platea infantil.
Ese es el caso de Huevito de ida y vuelta. Planteada para los más chicos, los que apenas han comenzado a salir del nido hogareño, pone en escena una historia que asombra por el alto vuelo que logra imprimir a una trama a primera vista súmamente sencilla.
Un gusanito sale del huevo dispuesto a devorarse el universo. Se topa con frutos de todo tipo, cada vez en mayor cantidad, y a medida que los engulle recorre, investiga, descubre y disfruta el mundo que lo rodea. Se lanza desde una palmera al mar, y el agua, como un lente de aumento, nos permite verlo gozar del placer de nadar. O salta sobre un xilofón de hongos con la alegría contagiosa de la música. Hasta que, claro, sae convierte en mariposa y emprende un vuelo de a dos que augura un nuevo comienzo del ciclo.
Alejandra Bertolotti y Tamara Schmuklermanipulan con excepcional habilidad las varillas, agotando prácticamente las posibilidades imaginables para el deambular del gusanito, con una tabla de planchar como horizonte del singular retablo. Son además mudas testigos que reflejan en sus gestos la gama de estados de ánimo que invaden a los adultos frente a la maravillosa vitalidad de la primera infancia. La música de Sergio Blostein también hace su recorrido por los géneros más diversos. La autora y directora Silvina Reinaudi, conocida de los chicos a través de la manipulación del títere Marimonia en Cablín durante varios años y autora también de la brillante "gatópera" Sietevidas, optó aquí por un formato de cámara y un público para el que suele creerse que basta unas pocas imágenes elementales. El gran logro de Huevito de ida y vuelta en cambio es poner en escena una historia que refleje la forma de encarar la vida de los más chicos con una estética y una elaboración conceptual que sólo pueden generar artistas de sólida trayectoria.
Detrás de la sencillez de la línea argumental, de la presencia de un protagonista único, sin más antagonistas que la vida que tiene por delante, se esconde entonces un mundo de experiencias tan vasto en proyecciones como el de ese chico que comienza a dar sus primeros pasos.

Juan Garff - Diario Clarín - Argentina - 27-07-1996

SILVINA REINAUDI / La fábula del títere



Si te gusta crear esta es tu historia. Érase una vez una argentina, Silvina Reinaudi, que vino a Cantabria para impartir un curso sobre dramaturgia titiritera. Lo hizo en Laredo y en Viérnoles. El lunes en Santander...


Había una vez, en un país muy lejano llamado Argentina, una mujer capaz de contar historias tan sólo con sus manos. Silvina Reinaudi, como así se llamaba, tenía la capacidad de tomar cualquier objeto de su bolsillo y convertirlo en un personaje, y con él, un mundo entero en el que vivían aventuras y desventuras a través de sus manos. Ésa era su forma de ver la realidad, con fantasía, porque creía a ciegas que era necesaria mucha imaginación para cambiar «este mundo que está mal hecho». Y así, detrás de retablos donde solo se veían sus manos y sus dedos, fue dotando de alma a objetos como un guante, una servilleta de papel o un muñeco hasta convertirse, después de 35 años de profesión, en una titiritera.

Una vez, Silvina Reinaudi se subió a un avión y recorrió miles de kilómetros hasta llegar a nuestra región: Cantabria. Quería compartir su manera de ver la vida con mucha gente y lo hizo a través de cursos con profesores, con el objetivo de enseñarles las reglas básicas del oficio, «que van más allá de la fabricación de títeres». Lo hizo en Laredo, lo hizo en Torrelavega y aún tendría que hacerlo en Santander. En todos estos lugares, la mujer que hablaba con las manos quiso transmitirles ese juego de niños tan antiguo como los juglares y que era la forma más sencilla y accesible de «conectar con la sensibilidad de uno mismo». Decía que su principio vital era hacer del arte un espacio de libertad, «donde a nadie le pregunten porqué hace lo que hace».

El arte es diferencia

Pero Silvina tenía un empeño aún mayor. Cada vez que mostraba detrás de un biombo sus manos embutidas en un calcetín o en un trozo de tela, o simplemente desnudas, quería que los más pequeños (y los no tan niños) se atrevieran a ser diferentes. Para ello, se inventaba miles de juegos en los talleres que impartió en Cantabria, como recrear con el movimiento de una mano el proceso de crecimiento, desarrollo y muerte de una semilla, «sin hacer interpretaciones psicológicas». Su propósito era que, a partir de un objeto, dar alas a la imaginación para que todos nos atreviéramos a ser diferentes. Por ello, nunca dudaba en invitar a cualquiera a preguntarse hasta dónde podía llegar un mechero, o una moneda, o una bufanda o un buen 'puppet'.

Ella era consciente de que no todas las personas podían ser artistas, pero esa realidad no le frenaba en su empeño de que «todos deberíamos vivir más conectados a la sensibilidad y a las emociones que rodean todo aquello que merece la pena ser vivido». Por ello, abrazada a sus títeres y valiéndose de su enorme capacidad para ver un mundo con olores y colores detrás de una tabla inerte y lisa, Silvina trabajó para que el uso de la palabra fuera democrático, de forma que «todos pudieran ser artistas y nadie esclavo». Pero, ¿esclavo de qué?, le preguntaban algunos sin comprender a qué se refería esta titiritera y guionista de televisión. Ella, sonriendo, recurría a una película de animación para explicar el inmenso potencial de algo tan «ascético» como un muñeco. Y decía: «En 'Monsters S.A.' hay cosas muy bellas si uno la mira bien. Al mantener separados a los niños de los monstruos, los que se enriquecen son los de siempre. En cambio, al unirlos se ve que la risa enriquece mucho más que el llanto, los gritos, el miedo provocado o el terror». Y esto, para Silvina, suponía el fiel reflejo de a realidad, ya que «si mantienes separado el arte de la gente, la creación se convierte en un elemento de consumo que, con los gritos de los niños, enriquece a algunos». Sonriente, alargando las sílabas de su acento argentino, pronunciaba a los cuatro vientos la necesidad de que «el arte tiene que estar más unido a la persona que nunca, para que no se convierta en una mercancía más fabricada por la sociedad». Y mientras repasaba las mil y un facetas que se escondían detrás de la creación, de la sensibilidad de las personas, Silvina animaba a todos a «sentir la música cantándola, a ahondar con curiosidad en lo que nos conmueve» pero, sobre todo, a llenar la vida de emoción para conseguir «ser libre». Porque eso era el arte para ella, «un espacio de libertad donde ser uno mismo, donde buscar otro camino, el de la creación, no el que nos dan precocinado por la sociedad de las necesidades».

Mundos infinitos

Y en ese oleaje de ideas, de sentidos y sonidos, Silvina iba de aquí para allá llevando sus títeres, objetos inertes que, con la magia de la fantasía se llenan de vida hasta provocar miedo o compasión, odio o simpatía. Títeres que recrean un pozo profundo o un estanque lleno de patos, o montañas o persecuciones. Mundos infinitos que Silvina conquistaba con el poder de abstracción de los títeres que no son otra cosa que «un objeto usado voluntariamente con una función dramática».

Abrazada a su títere, Silvina siguió descubriendo las infinitas historias que esconde el mundo hasta hacerlas brotar por sus manos. En Cantabria, entregó sus conocimientos a profesores de distintos centros y prometió volver para seguir empujando a los creadores a crear. Muchos, ya lo han empezado a hacer. Y colorín, colorado....

Marta San Miguel - El Diario Montañes - 16-03-2007 - Cantabria - ESPAÑA